lunes, 23 de diciembre de 2013
ENCUENTRO 1: HISTORIA E IDENTIDAD POLITICA DEL FRENTE UNIVERSITARIO MEGAFÓN
Miércoles 18/12/2013 19:30 hs.
PRIMERA PARTE: BANDERAS DEL PERONISMO
Soberanía política
(Maria Jose Viola; Sudestada N°13)
Pretendemos desde este artículo reflexionar sobre la soberanía política, bandera fundamental del ideario doctrinario, planteado con clarividencia estratégica por Perón. Ahondar en el significado de las banderas implica para nosotros redefinir el horizonte, que no es otro que el de la revolución nacional y social, hoy todavía inconclusa. Reflexionar sobre ellas no constituye un acto de necrofilia sino m{as bien de profunda actualidad, en tanto son expresión y síntesis de los desafíos que debemos enfrentar si queremos ver un “pueblo feliz y una patria grande”.
El concepto de Soberanía política se fundamenta antológicamente en una realidad cultural previa que es la Nación. Esta aparece como una comunidad de hombres unidos por una misma cultura, es decir por una misma cosmovisión, que a su vez se manifiesta en instituciones y costumbres comunes. La cultura confiere a la Nación su propia identidad, su propio estilo y modo de ser y por sobre todo una soberanía fundamental, es decir, capacidad de autodeterminación. Ahora bien, la Nación, que no es otra cosa que el pueblo (recordemos que Evita en Historia del Peronismo planteará que la masa se convierte en pueblo cuando adquiere “personalidad, organización y conciencia social”), tiende a realizarse políticamente a través del estado, cuya finalidad consiste en la prosecución del bien común entendido como el entramado de las condiciones de vida social, que facilitan al pueblo el logro más pleno de la propia perfección. Desde esta concepción el depositario último de la soberanía es el pueblo, quien la ejerce verdaderamente cuando todas sus partes constitutivas manifiestan plena conciencia de su destino y derechos, siendo rol del estado la tarea de unificar y hacer converger la pluralidad de intereses hacia el bien común.
La Soberanía del pueblo se expresa así en dos planos hacia el exterior, en las relaciones internacionales como soberanía nacional y hacia el interior como fuente y origen del estado nacional, siendo la participación popular organizada en el ejercicio del poder la única posibilidad de resistir efectivamente los procesos de enajenación del destino colectivo, propios de políticas neocolonialistas.
De allí que cuando Perón propusiera la bandera de la soberanía política como idea fundante, lo hiciera desde un conocimiento preciso de nuestra situación de dependencia, por un lado, y desde una concepción del poder profundamente democrática por el otro. La soberanía política es en Perón soberanía popular. “El pueblo es protagonista de su historia”, es hacedor, no mero espectador de las decisiones impuestas por grupos minoritarios. En este sentido el peronismo busco siempre promover la organización popular y el fortalecimiento de la conciencia nacional en la tarea de construcción del poder del Estado, en miras a una segunda y definitiva independencia.
El concepto de soberanía política se liga de manera indisoluble con los principios de independencia económica, justicia social y nacionalismo cultural. Estas últimas premisas necesitan, para verificarse, de la existencia de la autodeterminación nacional. Es claro entonces, que nuestra política debe ser la política de la liberación, ya que para el logro de una patria justa en lo social, autónoma en lo económico, sea vital romper los lazos de sujeción impuestos por estructuras de dominación trasnacionales. Esto se expresa en la afirmación de Perón al presentar el “Modelo argentino para el proyecto nacional”: “...liberación tiene muchos significados. En lo político consiste en configurar una nación sustancial, con capacidad suficiente de decisión nacional y no una nación que conserva los atributos formales del poder pero no su esencia.”
Además, Perón, refutando al “nacionalismo sin pueblo”, al decir de Jauretche, insiste en la participación del pueblo organizado en el proceso de liberación.
Vemos que a partir del golpe cívico-militar de 1976, irrumpe un proceso de destrucción paulatina y sistemática del estado, significando en un primer momento el vaciamiento del concepto de soberanía nacional, el cual paso a estar asociado a una prédica nacionalista del tipo elitista que en nombre de la defensa de los valores patrióticos, occidentales y cristianos, excluyó de la praxis y de los procesos de decisión política al único sustento y depositario de una autentica soberanía: el pueblo.
Posteriormente con la “recuperación de la democracia” el proceso de exclusión del pueblo en la toma de decisiones no se revierte y se instala en el consciente de la masa la creencia de que el patriotismo pasaba por honrar las estructuras institucionales de la democracia formal. La recordada predica alfonsinista acerca de que “…con la democracia se come, se educa, se sana…” representaba un intento de legitimar la monopolización de la participación y del principios de representación por las estructuras partidocráticas – demoliberales, en detrimento de las corporaciones y de las organizaciones libres del pueblo.
Ahora bien, lo más nocivo de este proceso lo concretó el menemismo, quien en nombra de la supuesta inexorabilidad del proceso globalizador, desmanteló el estado nacional de modo coetáneo con la eliminación del concepto de soberanía política. Esto significó, claro está, el abandono deliberado de los ideales de independencia económica y justicia social. En ese momento quienes planteaban la necesidad de recuperar la decisión nacional y el poder popular, aparecían como voces nostálgicas de un peronismo ya fenecido.
La implosión en sus aspectos económico-sociales, del modelo impuesto por el Consenso de Washington y el nuevo orden mundial, determinó la emergencia de ese actor decisivo y excluyente en los procesos políticos e históricos: el pueblo, que salió de modo tumultuario a ocupar el espacio mítico en las gestas revolucionarias de nuestra patria: la plaza de mayo.
Las jornadas del 19 y 20 de diciembre así lo testimonian. De este modo resurgen nuevamente las viejas, perennes y gloriosas banderas del peronismo. La militancia logra incorporar en la discusión política términos como soberanía, liberación, imperialismo, etc.
Hoy asistimos a una tenue recuperación del estado nacional. Si bien, el proceso muestra rasgos todavía confusos, resulta alentadora al tendencia a instalar en el centro de la discusión lo referente al proyecto de nación que anhelamos.
Es nuestro deber como militantes, bregar por la revitalización de la conciencia nacional, condición de posibilidad y factor sustancial de la soberanía política, solo realizable plenamente en un marco que integre al resto de los países latinoamericanos, de modo tal de concluir en un espacio autocentrado, expresando el deseo de Bolivar, San Martin y Perón de construcción de Patria Grande.
Mientras la contradicción principal sea Liberación o Dependencia, Perón no habrá muerto.
Independencia económica
(Luis Scah; Sudestada nº13)
En el 30 aniversario de la muerte del General Perón queremos reivindicar la independencia económica, que fue una de las banderas fundamentales del movimiento nacional y popular más trascendente y exitoso de América Latina.
Entendemos que este principio no es un capricho nacionalista ni un prejuicio ideológico (como liberales y supuestos progresistas, por distintos motivos, acusaron al peronismo), sino una política adecuada para construir una sociedad organizada en función del hombre y la satisfacción de sus necesidades. A diferencia de los liberales, quienes creen que la acción del mercado libre y su lógica (llamada mano invisible) llevan al bienestar, el peronismo creyó que este concepto era falso. La historia prueba que la acción del Estado es decisiva para garantizar el funcionamiento del mercado y poner límites a los excesos de los grandes capitales que pueden debilitar al propio sistema, ya que en la economía capitalista central los intereses en juegos no son solidarios sino competitivos y contrapuestos.
En cada país la clase dominante extrae riqueza de los trabajadores y cuando sus recursos económicos lo permiten busca extraer riqueza en otros lugares del mundo. Expande su actividad capitalista en donde otras naciones permitan generar riqueza, parte de la cual será reenviada al lugar de origen del capital (o casa matriz), usando a su favor sus propios estados. Así lo hizo la burguesía inglesa en las Indias tras la ocupación de dicho país por el ejército británico o en la Argentina de Rosas cuando la flota de guerra franco-británica intentó sin éxito forzar la apertura comercial. Este es el objetivo de la inversión extranjera y del llamado imperialismo (política de los estados a favor de sus burguesías), aunque se lo adorne con argumentos, que en la Argentina aceptaron los liberales y los progresistas como Mitre, Alfredo Palacios, Cavallo o Chacho Álvarez, etc., acerca del aporte del capital extranjero en tecnología, capacidad de gestión, generación de negocios y capital. El peronismo no negó esas posibles ventajas, pero no se dejó engañar.
Hoy tenemos en nuestro país un ejemplo que nos muestra claramente cómo funcionan estos mecanismos. El pueblo argentino y sus empresas se quejan de la falta de energía que abastecen las petroleras extranjeras. Ellas producen en nuestro país y sus costos son esencialmente en pesos (los pocos costos que son en dólares no superan en conjunto los cuatro dólares por barril). Entonces surge, lógicamente, la siguiente pregunta: ¿Por qué no invierten y a la vez ganan un cincuenta por ciento en pesos, vendiendo el barril, por ejemplo, en dólares en el mercado argentino?
Ellas responden: porque queremos ser parte de un negocio mundial donde el precio es internacional y las ganancias son en dólares. Si el costo en pesos es más bajo en Argentina es una ventaja de las empresas y no de sus habitantes. Pero este conflicto no se resuelve con argumentos racionales, pues el desarrollo económico de la Argentina y la ganancia de las petroleras extranjeras no son problemas de igual naturaleza: el primero responde al interés colectivo, el otro al privado. En un momento determinado estos intereses chocan.
Nuestro país necesita para salir de la crisis, energía barata con costos en pesos, precio en pesos y ganancia en pesos y de ella sacar inversiones para aumentar la generación de energía. Pero este interés chocó con la extorsión de las petroleras que exigieron una recomposición tarifaria programada a cambio de energía. Ante esto el gobierno resolvió tomando dos medidas, por un lado concedió los aumentos y dolarizó, a lo largo de los próximos años, el precio del gas y la electricidad y por otro anunció lo que se formará una empresa estatal que intervendrá en el mercado para evitar a futuros chantajes exitosos.
De lo dicho se desprende la enseñanza de que no se puede dejar mano del capital extranjero el desarrollo económico de la Argentina. Esto el peronismo lo sabe desde hace unos 60 años, y, por eso, desarrolló una política tendiente a definir qué se produce, cómo, cuánto, a qué precios, cuánto se invierte, qué se compra y se vende al mundo, cómo se distribuye la riqueza. Todo esto (que sus detractores interpretan como “dirigismo” estatal) formó parte central de su doctrina política. Nunca el peronismo pensó, ni practicó, una economía sin inserción mundial, que no vende ni compra fuera de sus fronteras. No negó la necesidad de comprar máquinas o telas en el exterior; solo dijo que si compramos tractores debemos ser capaces de fabricar y vender tractores de otro modelo: si debemos comprar telas de sedas, entonces debemos vender tela de algodón. De esta forma produciríamos lo que necesitamos y compraríamos lo que no es conveniente fabricar. Sin riesgo de no poseer los recursos (divisas para ello), y nuestros trabajadores, técnicos, ingenieros y científicos encontrarían su empleo en la Argentina. Así, nadie nos diría: “O hacen esto o no lo vendemos”, como hacen hoy las petroleras en la Argentina.
Esto no fue solo retórica sino hechos.
El peronismo construyó el gasoducto que comunicó Buenos Aires con Comodoro Rivadavia, con ayuda y materiales en un %50 extranjeros, se desarrolló sustancialmente la industria aeronáutica y se llegó a fabricar uno de los primeros cinco modelos de avión con propulsión a chorro del mundo: el PULKI que se logró exportar a los Países Bajos antes de que la “revolución fusiladora” cerrara sus fábricas. La soja (cultivo poco desarrollado en Occidente), fue traída de EEUU por Jelbard en el tercer gobierno peronista previendo su potencialidad, la industria cultural tuvo un impulso entre 1945-1955 que permitió la exportación de libros y revistas al resto de Latinoamérica. Nos decidimos a fabricar carbón, hierro y acero y se inauguraron o se proyectaron las minas de Rio Turbio HIPASAN, SOMISA, y ALTOS HORNOS ZAPLA, acerías que abastecían el mercado local y exportaban a otros países a la vez que comprábamos aquellos aceros que no era conveniente producir. Esta variedad exportadora y productiva nos permitió insertarnos en el mundo negociando con el capital y no subordinándonos a sus intereses, aprovechando los recursos tecnológicos y financieros del mundo capitalista, que es un mundo de actores privados protegidos por sus Estados. Nos queda por destacar que el peronismo definía sin vergüenzas que la defensa de la soberanía económica no podía estar a cargo exclusivamente de un empresariado nacional, sino del Estado; las causas están descriptas en los libros doctrinarias, en los discursos y en la acción de gobierno.
El peronismo intentó armar una corporación empresaria identificada con su proyecto nacional: la CGE. Esta corporación trabajo en ese sentido pero no logró liderar la mayoría del empresariado. Por otro lado, el capitalismo argentino es débil comparado con las multinacionales, por lo que a cada empresario privado argentino, puede resultarle seductor asomarse a alguna multinacional, aunque al conjunto del capital privado argentino no le conviene en tanto no se apropia del grueso de la renta. Pero ese interés general y de mediano y largo plazo lo encarna el Estado, ya sea en la Argentina, en la Inglaterra victoriana o en la Alemania de Bismark, que unió su Nación y creo su potente burguesía a fuerza de regulación y proteccionismo. Hay una razón más, y es que el capital privado argentino, sigue siendo capitalista y privado, y por ello, orientado al interés particular y la renta inmediata. De ahí que los negocios de largo plazo sean difíciles (en tanto se trata de capitalistas pequeños comparados con las multinacionales) y su realidad privada y competitiva les impida asociarse.
Así es que resulta difícil que los puertos o la flota mercante, o la fabricación de insumos sean encargados por privados argentinos y utilizados con ganancias reducidas en función del interés general. Por eso estas tareas, así como los servicios públicos, son estatales o están calificados por este, acá en Alemania o en Japón.
Estas fueron las líneas generales y la razón del concepto de la independencia económica. Este concepto hoy vuelve a tener relevancia ya que la derrota de características históricas que sufrió el movimiento peronista y su modelo social en 1976 (a causa de las luchas internas más que por defectos de las políticas económicas) dio lugar a un modelo social liberal que imperó en la Argentina hasta el 2001; este modelo se comienza a modificar con la pesificación de la economía argentina, haciéndose posible, nuevamente, retomar la tarea de construir una sociedad peronista, justa, libre y soberana. En ella la soberanía económica se torna necesaria para garantizar el desarrollo y la justicia social. No tengamos miedo de construir el Estado regulador y empresario no solo en proyectos e intenciones sino sobre todo en hechos.
Justicia Social
(Vicente “Tito” Calvano; Sudestada nº13)
Abordar el concepto de Justicia Social implica para los tiempos que corren, pensar en una categoría política. La Justicia Social ha alcanzado el estadio de “categoría”, más allá de su innato valor moral por una larga y abrumadora lucha, imponiéndose a los codazos dentro de un proceso social histórico.
En nuestro país, fue sin duda alguna, el peronismo, como movimiento político de masas, quien la puso en la vanguardia de las realizaciones fundantes de una nueva, y como tal revolucionaria, escala de valores políticos. Fue el peronismo, como su práctica política, quien le dio carácter de realización.
Decimos, por tanto, que es el peronismo quien impone un nuevo paradigma para toda política que pretenda ser validada socialmente en la Argentina.
La historia de la noción de Justicia Social como un valor universal humano, tiene origen inmemorial, pero la noción de Justicia Social como categoría política, es decir, incorporada al listado de las reivindicaciones sociales y necesariamente concebidas para ser impuestas por la política es mucho más reciente.
Es, en definitiva, un triunfo. Un triunfo de los principios axiológicos del entendimiento de lo esencialmente humano, frente al primitivismo asfixiante de los principios individuos-materialistas del capitalismo.
El capitalismo como sistema social histórico de la Modernidad, se sustenta en la cultura ideológica expresada en el liberalismo.
Liberalismo, modernidad y capitalismo pueden ser perfectamente asociados.
Liberalismo y Justicia Social son discursivamente asociados, pero políticamente antagónicos.
En el largo proceso de desarrollo histórico, que data ya de casi cinco siglos, la humanidad solo convivio con la Justicia Social desde una aproximación por la lucha, que en nuestro país fue expresada y puesta en alto durante el peronismo. Esta lucha puede caracterizarse y definirse por los principales opuestos actuantes: los pueblos como productores de justicia social, como espacio donde anida la práctica de lo posible y el capital bajo la lógica del liberalismo, como productor de desigualdades-injusticia social por su inequidad distributiva y por su lógica de acumulación.
Peron lo explico claramente el 1 de mayo de 1952: “para el capitalismo la renta nacional es producto del capital y pertenece ineludiblemente a los capitalistas. El colectivismo (su continuidad ideológica agregamos), cree que la renta nacional es producto del trabajo común y pertenece al Estado, porque el Estado es el propietario total y absoluto del capital y el trabajo. La doctrina peronista sostiene que la renta del país es el producto del trabajo y pertenece por lo tanto a los trabajadores que lo producen.”
Y su complemento el 1 de diciembre de 1945: “La libertad hay que asegurarla a fuerza de trabajo, dando primero al hombre la libertad económica que es fundamental. Nosotros no somos partidarios de la libertad unilateral que se tiene desde hace tiempo, dentro de la cual el rico tiene libertad para hacer todo lo que quiera y el pobre una sola libertad: la de morirse de hambre”
Estos antagonismos ideológicos, ambos evidentes por las prácticas políticas y sus consecuencias combaten en la arena política y se resuelven como tales por la extinción de uno de los factores. La medida que permite mensurar las condiciones en que el proceso se encuentra es la Justicia Social. A través de su extensión o retracción en el campo político y material económico. Su expansión habla de distribución y su retracción de acumulación. Expansión es Justicia Social y retracción es Injusticia Social, desamparo y explotación. El crecimiento exponencial de la desigualdad en nuestro continente, especialmente durante la trágica década de los 90, pone al descubierto el valor de medida que la Justicia Social tiene como categoría política.
“Como se viven tiempos de desbordados imperialismos, decía Perón en su Mensaje en la Asamblea Legislativa del 1 de mayo de 1949, los estados, como Hamlet, ven frente a sí el dilema de ser o no ser”.
Premonitorio, como siempre, en virtud de su capacidad de visualización estratégica, Perón percibía que el imperialismo avanzaría sobre su periferia. Su fuerza de imposición se expresa en la capacidad de extracción del valor de la producción nacional hacia el centro, pero más aún se aprecia por las condiciones en que quedan las naciones de las que se extraen el plusvalor.
Los datos más expresivos están en la relación de ingresos reales de los asalariados y no asalariados con los sectores del capital concentrado y sus grupos dependientes en la distribución interna, de lo que queda “dentro” del producto nacional, y lo que se va por los diferentes canales de expoliación.
La década del 90 alcanzó a establecer una relación de casi 50 veces entre el grupo mas alto y mas bajo.
En los últimos años ha sido aceptado que el sistema capitalista tiene una dialéctica que lo determina Centro-Periferia. En el segundo término de esa dialéctica se encuentran los países pobres eufemísticamente llamados subdesarrollados donde desde la perspectiva del orden económico todo el excedente es captado por el sistema central. Con más exactitud, por la burguesía de los países subdesarrollados, de los que aparecen asociados, como socios menores, los grupos dominantes de las naciones subdesarrolladas, esos que se quedan con la diferencia, mejor dicho con el vuelto.
Toda acción política que se precie de transformadora y revolucionaria deberá verificarse por su capacidad de ir alcanzando, con su acción propiamente dicha, la Justicia Social.
Los peronistas, se ubiquen donde se ubiquen dentro del arco político, podrán validar su condición de tal solo si el objeto de su construcción política es la Justicia Social. Si hay algo que el peronismo “es”, si hay algo que el peronismo “debe ser”, es ser portador potente de la Justicia Social, porque ella es la definición misma de su esencia doctrinaria. Porque el General Perón y Evita se definen por la Justicia Social, no como discurso de lo deseable sino como acto de realizaciones comprobables, como máxima que garantiza la felicidad de los pueblos y la grandeza de las naciones.
Nacionalismo Cultural
(Mariano Cabral; Sudestada nº 13)
Cuando Perón vuelve a la Argentina en 1974, desarrolla una actualización de los fundamentos de su doctrina. De esta manera les asesta un fuerte golpe a los sectores conservadores de adentro del movimiento, que creían que el peronismo era una doctrina estática, proclamada de una vez y para siempre, y a los gorilas que creían que el peronismo se había agotado y que no podía ofrecer nada nuevo al país. Es famoso que en esa actualización (que se dio a conocer en diversos discursos y , fundamentalmente, en el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional) el General Peron toca temas tan poco comunes en aquellos días, y tan vigentes para nosotros, como la preservación del medio ambiente y la lucha de los imperialismos, en el futuro, por los recursos naturales; pero el eje fundamental esta puesto en el proceso de integración planetaria que Peron llamaba mundialización y que hoy se conoce por la palabra de origen inglés globalización. Es en el contexto de este proceso, que el General concebía como inminente e inevitable, que proclama la adopción de una cuarta bandera para el movimiento agregándose a las “tres banderas histórica”. Esa bandera es la del “Nacionalismo Cultural”, que es concebida como la única vía para preservar la identidad de nuestra sociedad “en la etapa universalista que se avecina”.
Como homenaje a su creatividad y aguda percepción de la realidad argentina y mundial, citaremos al productor de las ideas originales, haciendo una breve reseña de los conceptos que Peron expone para justificar la adopción de esta nueva bandera. Para evitar una profusión de comillas que entorpecerían la lectura, hemos dejado los párrafos y expresiones textuales extraidas del Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, señaladas en negritas, mientras que los intercalados nuestros, que dan coherencia expositiva a la selección, se han dejado en letra normal.
Partiendo de que el proceso argentino de las últimas décadas evidencia un creciente desarrollo de la penetración cultural, Perón denuncia que dos han sido los fundamentales agentes desencadenadores de tal penetración: (…) los medios de comunicación masiva y la vocación elitista y extranjerizante de diferentes sectores de la cultura argentina. Los primeros actúan a través de una mecánica de penetración y consecuente mecánica repetitiva diluyendo la capacidad crítica del hombre, quién deja de madurar y se cristaliza en lo que podemos llamar un “hombre-niño”, que nunca colma su apetencia. Vive atiborrado de falsas expectativas que lo conducen a la frustración, al inconformismo y a la agresividad insensata. Pierde progresivamente su autenticidad, porque oscurece o anula su capacidad creativa para convertirse en pasivo fetichista del consumo, en agente y destinatario de una subcultura de valores triviales y verdades aparentes. El segundo, es un factor relevante, tanto entre los intelectuales de izquierda como entre los de derecha, quienes a pesar de enarbolar distintos fundamentos ideológicos (…) se han unido en la actitud expectante y reverente respecto de la “civilización” encarnada por pautas culturales siempre externas a nuestra Patria.
Luego de presentar inconvenientes que se encuentran en el desarrollo de una cultura nacional Perón analiza del siguiente modo cuáles son los elementos que conformaban dicha cultura: En la gestación histórica del hombre argentino confluyen distintas raíces, la europea, por un lado, y los diferentes grupos étnicos americanos, por el otro. Esto es trivial, por lo evidente, pero no son tan claras sus consecuencias.
Creo haberme referido con la suficiente extensión a la indudable especificidad del hombre argentino, que no consiste en una síntesis opaca sino en una nítida identidad, que resulta de su peculiar situación histórica y su adherencia al destino de su tierra. ¿Sucede lo mismo con su cultura? ¿O acaso la herencia europea ha sellado, definitivamente, la cultura argentina?
La cultura académica ha avanzado por sendas no claras. A la mencionada influencia de las grandes potencias debemos agregar el aporte poderoso de la herencia cultural europea. No tiene sentido negar este aporte en la gestación de nuestra cultura, pero tampoco tiene sentido cristalizarse en él.
La historia grande de Latinoamérica, de la que formamos parte, exige a los argentinos que vuelvan ya los ojos a su patria, que dejen de solicitar servilmente la aprobación del europeo cada vez que se crea una obra de arte o se concibe una teoría. La prudencia debe guiar a nuestra cultura en este caso; se trata de guardar una inteligente distancia respecto de los dos extremos peligrosos en lo que se refiere a la conexión con la cultura europea: caer en un europeísmo libresco o en un chauvinismo ingenuo que elimina “por decreto” todo lo que venga de Europa en el terreno cultural.
Finalmente, señala tres instrumentos poderosos como los más adecuaos para desarrollar la tarea de elaboración de la cultura nacional. Estos son: los medios masivos, la educación en todos sus niveles y creatividad inmanente del pueblo. Sobre los medios masivos de comunicación, Perón aclara que deberá, en primer término modificarse su carácter fundamentalmente comercial y reorientarlos hacia la formación y la solidaridad social. Respecto de la creatividad popular, reclama que pueblo debe ser escuchado con humildad, antes que intentar imponerle contenido que el no reconoce como constitutivos de su ser y enraizados en la estructura ínfima de su extensa Patria, grávida de futuro.
La educación merece una extensión mayor: a la educación primaria le asigna el rol de eliminar el analfabetismo y de sentar las bases elementales de la formación física, psíquica y espiritual del niño; a la educación media le asigna la fundamental tarea de fortalecer la conciencia nacional, y es en el tema de la educación superior donde se extiende mayormente y concluye diciendo: no puede concebirse a la universidad como separada de la comunidad, y es inadmisible que proponga fines ajenos o contrarios a los que asume la Nación. No puede configurarse como una isla dentro la comunidad, como fuente de interminables discusiones librescas.
No necesitamos teorizadores abstractos que confundan a un paisano argentino con un “mujik”, sino intelectuales argentinos al servicio de la Reconstrucción y Liberación de su Patria. Pero por otra parte, el universitario que el país requiere debe tener una muy sólida formación académica, pues no basta utilizar la palabra “imperialismo” o “liberación” para instalarse en el nivel de exigencia intelectual que el camino de consolidación de la Argentina del futuro precisa.
Es por eso que convoco a los jóvenes universitarios a capacitarse seriamente para sumarse cada vez más a la lucha por la constitución de una cultura nacional, instrumento fundamental para completar nuestra definitiva autonomía y grandeza como Nación.
Integración Suramericana:
(Tomas Richards Galindez)
El 11 de noviembre de 1953 en la Escuela de Guerra Perón trazó los ejes de la política exterior justicialista en vistas a posicionar a la Argentina en un nuevo mundo superpoblado y superindustrializado en el cual las reservas de alimentos y reservas de materias primas adquirían vital importancia. Suramérica, como región privilegiada en esta materia, contaba además con la ventaja inicial de ser un continente unificado por una misma lengua y una misma tradición religiosa y cultural. A la vez, la abundancia de recursos de la región constituía con toda evidencia una amenaza frente a las potencias ávidas de recursos. De ahí que en el pensamiento peronista la única actitud posible para asegurar la justicia social, la soberanía política y la independencia económica en nuestro continente fuese la unión continental. Surge entonces el apotegma “unidos o dominados” y el proyecto del ABC como alternativa político-económica para Suramérica. Desde la década del ´50 del siglo XX Perón, con su clarividencia característica, lanza su proyecto geoestratégico casi en soledad y empieza a hablar de la superación de los estados nación tal como se los conocía hasta entonces en aras de la aparición de los estados continentales. Quizá más que nunca, hoy ese proyecto aparece como una necesidad imperiosa que no es posible seguir postergando.
SEGUNDA PARTE: MEGAFÓN COMO FRENTE UNIVERSITARIO
Megafón, por una Universidad realmente Nacional
“El Desierto ya estaba derrotado. Lo que seguía firme aquí era una potencialidad vacante.
Un escenario vacío es una petición de Historia” (Megafón o la guerra – Leopoldo Marechal)
Megafón, es el Frente Universitario del Peronismo Militante, Organización Nacional que viene a ocupar el escenario vacío y a responder a la petición de Historia. Ésta no es ni más ni menos que cumplir nuestro mandato generacional: formarnos como profesionales e intelectuales comprometidos con la realidad nacional, para poder responder a las necesidades de nuestro pueblo.
La Universidad en general, y la UBA en particular, tienen mucho que ver con esa potencialidad vacante de la que nos habla Marechal. Si bien su historia tiene una enorme tradición de luchas que han sabido “derrotar desiertos” como la reforma del 18, llevada adelante por un grupo de jóvenes con espíritu latinoamericano, que logró plasmar sus reivindicaciones en los primeros estatutos, o la supresión de aranceles hecha por Perón en el 49 (hechos que marcaron sin dudas el acercamiento de los sectores populares a los claustros universitarios históricamente vedados/negados) lo cierto es que hoy en día sigue siendo un reducto elitista que se sostiene cada vez mas sobre la estructura liberal – aislacionista que le imprimieron sus creadores, en los lejanos inicios del siglo 19.
Y esto no se debe sólo a las dificultades económicas de la sociedad para acceder a la universidad (a pesar de los grandes avances en los últimos 9 años, rasgo estructural) sino al rol que cumple en la sociedad. Es decir, la producción de conocimientos, deberían servir al pueblo entero, ya que a través de su trabajo y sacrificio financia sus gastos. Pero como cualquiera puede advertir, en la actualidad esto no pasa, y nosotros tenemos una explicación.
Somos un país semi-colonial, es decir, formalmente independiente, que a falta de un ejercito extranjero de ocupación, la dominación solo puede funcionar si existe un aparato ideológico que se ocupe de convencer a los nativos que el orden social y político en el que vivimos no es opresor. En nuestro país, el imperialismo, en alianza con la oligarquía local, para legitimar su dominación usó el lema “civilización o barbarie”. Como explica el maestro Jauretche, “todo hecho cultural propio, era bárbaro e indeseable y todo lo ajeno, importado, era civilizado. Civilizar, consistió en desnacionalizar”. Para la elite intelectual “lo propio del país, su realidad, está excluida de su visión. No parte de las circunstancias locales, que las excluye por bárbaras, y excluyéndolas, excluye la realidad”. De ahí se entiende el lema popular “alpargatas si, libros no” que se opone al oligárquico, porque “suele suceder que los que andan con libros no entienden los intereses del país, y solo los entienden los que leen alpargatas y no libros. Estos saben poco, pero tienen la ventaja de no saber lo que enseñan los colonizadores.”
La universidad forma parte de ese entramado, que junto con otras instituciones, son instrumentos que garantizan la colonización pedagógica. Y quizás sea el principal resorte de control, al deformar la consciencia de nuestros intelectuales y evitar que pensemos para la solución de nuestros propios problemas.
En este escenario, nosotros vemos en el desarrollo de una consciencia nacional, una parte necesaria y fundamental para continuar la batalla anti- imperialista que comenzaron nuestros patriotas alla por 1810.
Y como peronistas y militantes que somos, sabemos que solo va a ser posible doblegar al enemigo, si recogemos las experiencias de lucha de nuestro pueblo y las profundizamos.
Uno de los legados más ricos de la militancia universitaria, es el de los compañeros de la FURN (Federación Universitaria por la Revolución Nacional) que allá por los `60 planteaban que “no hay universidad nacional en un país colonizado”. Estos jóvenes platenses, eran los “bombos nuevos del peronismo” que abrían un frente de batalla en un lugar desconocido para el peronismo: la universidad.
Cultores de un férreo pensamiento nacional, su experiencia sirvió de disparador de aquel fenómeno de “nacionalización” de las clases medias, que fue forjando una mirada nacional, y empezó a comprometerse con la lucha de los sectores populares. El cambio era inevitable, y todo este proceso desembocó en la irrupción masiva de una “juventud maravillosa” al terreno político. La Juventud Peronista se ponía al frente de la batalla para lograr aquello por lo que el pueblo argentino había luchado 18 largos años: el retorno al país de su líder, el general Perón, y la democracia, libre de proscripciones.
Fue en esos años donde se lograron los mas altos niveles de organización y poder popular, y se pudo alterar la estructura de dominación colonial. La UBA no fue ajena, su nuevo rector, Rodolfo Puiggrós (quien la rebautizó como Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires) que en su corta pero intensa gestión logro numerosos avances, sostenía que “se terminó eso de la universidad libre pero a espaldas del Pueblo. No habrá revolución tecnológica sin revolución cultural”.
Después, con la dictadura cívico-militar, vino la pagina más trágica de nuestra historia nacional, donde se desarticuló todo intento de organización popular e hizo que aun hoy, 36 años mas tarde, estemos sufriendo las consecuencias de aquella masacre.
Sin embargo la militancia popular volvió a florecer, con la aparición de Néstor en el 2003, cuando nos prometió que no iba a dejar las convicciones en la puerta de la rosada, y tras levantar las banderas históricas del Movimiento de Liberación Nacional, marcó el rumbo para la reorganización del campo nacional y popular.
Hoy Cristina ratifica ese rumbo y hace más evidente aún la tarea que tenemos por delante. Para poder seguir sosteniendo el proyecto nacional, popular y democrático en marcha, y sobre todo para poder profundizarlo, es necesario que cada uno de los compatriotas se organice en sus espacios de base, sea una fábrica, un barrio, el sindicato, una escuela o la universidad.
A nosotros nos toca trabajar para la unidad nacional en este lugar, donde se da la disputa por la producción de conocimientos. Y nosotros queremos “pensar en nacional”, poner la universidad al servicio de los intereses y las necesidades del Pueblo Argentino. Por eso decimos alpargatas si, y libros también.
“Ya no basta con meter el país en la universidad, sino que se debe ubicar la universidad en el país” (Manifiesto de la FURN)
MEGAFÓN, UN FRENTE CON HISTORIA
Formamos parte del frente universitario Megafón, y como militantes estudiantiles nos proponemos repensar los sentidos de la universidad pública, de modo tal que deje de ser una isla aislada y que comience a ser partícipe del frente popular que lleva las riendas del Proceso de Liberación Nacional. Repensar una Universidad que sea capaz de abrirle las puertas, de servirle, de serle útil a los sectores populares, que día a día sustentan con sus ingresos nuestros estudios y sabemos que son los menos en nuestras aulas.
Y en este sentido, es que cuando pensamos en qué modelo de universidad queremos nos es inevitable remitirnos al Peronismo. No es casual la nostalgia academicista con que se mira la reforma universitaria del 18, que aunque revolucionaria en su época y de la cual abrazamos el espíritu latinoamericano que hoy nos legó, siguió en su esencia manteniendo una universidad liberal y oligárquica, dado que la democratización que los estudiantes de las clases más acomodadas propugnaban estaba relacionado con la modernización de las ciencias en los planes de estudio y las formas de gobierno, pero no y en ninguna medida, se cuestionaba la falta de ingreso de las clases populares a la universidad. Incluso, cabe destacar, que es falsa la participación de obreros apoyando la lucha estudiantil en el 18, como si se ha llevado en el Cordobazo, nuevamente en Córdoba, donde la consigna era ¡¡obreros y estudiantes, unidos y adelante!!. Nuestro país ya no era el del 18. Estaba atravesado por la proscripción, el miedo y melancolía, pero también estaba marcado por Perón, por Eva, por los intelectuales de Forja, por una Central de Obreros Organizados, que habían logrado subjetivarnos de derechos.
Fue el peronismo quién en la historia de nuestra universidad, lleva a cabo una verdadera revolución que posiciona a la educación superior en un punto máximo de popularización y democratización. Democratización supuestamente cuestionada por ciertos académicos y reformistas, dado a la reducción de autonomía y autarquía, esto es a la posibilidad de la universidad de dictar sus propias normas y autofinanciarse, lo que la constituye una isla con sus propias leyes que no necesariamente se entiende con la realidad del país del que forma parte. Sin embargo, la real democratización de la universidad, la lleva adelante el Peronismo, mediante el ingreso irrestricto del pueblo a la Universidad, a fin de formar los trabajadores, profesionales e intelectuales que el país necesitaba para llevar adelante la liberación nacional que Perón estaba forjando. El decreto de gratuidad de las universidades, la creación de la Universidad Nacional Obrera, hoy UTN, destinada a formar obreros vinculados con los intereses industriales nacionales, cuya formación no era utilitaria o procedimental sino que esto era complementado con la historia sindical, a fin de formar obreros íntegros; La UON además formaba sus docentes. Durante el peronismo, tuvimos un Estado Presente, un Estado Docente y Garante de la educación; Incluso de la Educación Superior. Los reformistas se oponían a la revolución que planteaba el peronismo, consideraban que en la Universidad ahora entraría “cualquiera” dando por sentando que antes del Peronismo había ciertas reglas, que el Peronismo vino a corromper, a denunciar, posicionando como oficiales los saberes y los valores propios del trabajador, del cabecita negra.
Sin embargo, los años que vinieron después no le fueron fáciles a la Sociedad, y tampoco a la vida académica. Los sectores más reaccionarios atacaron nuestra universidad, cuna de intelectuales, a través de rectores interventores, con cierta nostalgia reformista. Fue a los inicios de esos años oscuro de nuestra historia, cuando se aprobó la titulación por parte de las universidades privadas. Utilizaron la represión, detuvieron y desaparecieron compañeros universitarios comprometidos con un país más justo. También provocaron el exilio, vaciaron al país de intelectuales, conocido comúnmente como la “fuga de cerebros”. Científicos e intelectuales que hoy nuevamente están en el país, porque el peronismo los ha repatriado para que contribuir al desarrollo científico, y económico. Como también este gobierno ha creado nuevas universidades en el conurbano, dándole otra vuelta de tuerca, a ese acceso irrestricto que propuso Perón, dado que el hecho de que haya universidades nacionales en el conurbano y en las provincias, contribuye a que jóvenes y adultos que anteriormente no tenían entre sus opciones estudiar, por lejanía, por trabajo, por falta de promoción, puedan continuar sus estudios universitarios.
Otro punto que como militantes universitarios nos compete repensar es el rol de la extensión universitaria, también legada de los jóvenes que participaron de la Reforma del 18. Entre las formas de articular sociedad y universidad, actualmente, como nuestra presidenta coraje, Cristina es brillante y siempre está un paso adelante, tenemos desde Nación la posibilidad de participar de proyectos de voluntariados, financiados por Educación de Nación y tutoriados por profesores, donde los estudiantes nos comprometemos con resignificar los contenidos académicos en el barrio, como también nos comprometemos a aprender a escuchar las necesidades del barrio, porque entendemos que no es un proceso lineal, y que en ese ida y vuelta entre estudiantes y vecinos, ambos somos modificados y enriquecidos. Más allá de los voluntariados que desde Megafón trabajamos, sostenemos la necesidad de vincular sociedad y universidad, para romper con todos los vestigios que quedan de esa idea de universidad como isla aislada.
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